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Aquí les dejo el final del cuento, Gracias Aguaenloszapatos por haberlo compartido con todos… Pasaron los años. Wendy se casó y tuvo hijos...envejeció... Entonces Peter volvió...él seguía siendo niño... -Peter -dijo Wendy vacilando-, ¿estás esperando que me vaya volando contigo? -Claro, por eso he venido. Añadió con cierta severidad: ¿Has olvidado que hay que hacer la limpieza de primavera? Ella sabía que era inútil decirle que se había saltado muchas limpiezas de primavera. -No puedo ir -dijo en tono de excusa-. Se me ha olvidado cómo volar. -No tardo nada en volver a enseñarte -Oh, Peter, no malgastes el polvillo de las hadas en mí. Se había levantado y por fin lo asaltó un temor. -¿Qué pasa? -exclamó, encogiéndose. -Voy a encender la luz -dijo ella-, y entonces lo verás. Casi por única vez en su vida, que yo sepa, Peter se sintió asustado. -No enciendas la luz! -gritó... “Encender esa luz habría significado enfrentarse al hecho de que Wendy incumplió de algún modo su promesa…y creció…” LiZ
 Wendy, Michael y John eran tres hermanos que vivían en las afueras de Londres. Wendy, la mayor, había contagiado a sus hermanitos su admiración por Peter Pan. Todas las noches les contaba a sus hermanos las aventuras de Peter.  Una noche, cuando ya casi dormían, vieron una lucecita moverse por la habitación. Era Campanilla, el hada que acompaña siempre a Peter Pan, y el mismísimo Peter. Éste les propuso viajar con él y con Campanilla al País de Nunca Jamás, donde vivían los Niños Perdidos... - Campanilla os ayudará. Basta con que os eche un poco de polvo mágico para que podáis volar.    Cuando ya se encontraban cerca del País de Nunca Jamás, Peter les señaló: - Es el barco del Capitán Garfio. Tened mucho cuidado con él. Hace tiempo un cocodrilo le devoró la mano y se tragó hasta el reloj. ¡Qué nervioso se pone ahora Garfio cuando oye un tic-tac!   Campanilla se sintió celosa de las atenciones que su amigo tenía para con Wendy, así que, adelantándose, les dijo a los Niños Perdidos que debían disparar una flecha a un gran pájaro que se acercaba con Peter Pan. La pobre Wendy cayó al suelo, pero, por fortuna, la flecha no había penetrado en su cuerpo y enseguida se recuperó del golpe. Wendy cuidaba de todos aquellos niños sin madre y, también, claro está de sus hermanitos y del propio Peter Pan. Procuraban no tropezarse con los terribles piratas, pero éstos, que ya habían tenido noticias de su llegada al País de Nunca Jamás, organizaron una emboscada y se llevaron prisioneros a Wendy, a Michael y a John. Para que Peter no pudiera rescatarles, el Capitán Garfio decidió envenenarle, contando para ello con la ayuda de Campanilla, quien deseaba vengarse del cariño que Peter sentía hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que Peter se había dormido para verter en su vaso unas gotas de un poderosísimo veneno. Cuando Peter Pan se despertó y se disponía a beber el agua, Campanilla, arrepentida de lo que había hecho, se lanzó contra el vaso, aunque no pudo evitar que la salpicaran unas cuantas gotas del veneno, una cantidad suficiente para matar a un ser tan diminuto como ella. Una sola cosa podía salvarla: que todos los niños creyeran en las hadas y en el poder de la fantasía. Y así es como, gracias a los niños, Campanilla se salvó. Mientras tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de los piratas. Ya estaban a punto de ser lanzados por la borda con los brazos atados a la espalda. Parecía que nada podía salvarles, cuando de repente, oyeron una voz: - ¡Eh, Capitán Garfio, eres un cobarde! ¡A ver si te atreves conmigo! Era Peter Pan que, alertado por Campanilla, había llegado justo a tiempo de evitarles a sus amigos una muerte cierta. Comenzaron a luchar. De pronto, un tic-tac muy conocido por Garfio hizo que éste se estremeciera de horror. El cocodrilo estaba allí y, del susto, el Capitán Garfio dio un traspié y cayó al mar. Es muy posible que todavía hoy, si viajáis por el mar, podáis ver al Capitán Garfio nadando desesperadamente, perseguido por el infatigable cocodrilo.  El resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su capitán y todos acabaron dándose un saludable baño de agua salada entre las risas de Peter Pan y de los demás niños. Ya era hora de volver al hogar. Peter intentó convencer a sus amigos para que se quedaran con él en el País de Nunca Jamás, pero los tres niños echaban de menos a sus padres y deseaban volver, así que Peter les llevó de nuevo a su casa. - ¡Quédate con nosotros! -pidieron los niños. - ¡Volved conmigo a mi país! -les rogó Peter Pan-. No os hagáis mayores nunca. Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía ni vuestra imaginación. De ese modo seguiremos siempre juntos. - ¡Prometido! -gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos diciendo adiós. FIN Sigue el camino,hasta los sueños
Otro monótono día pasaba por delante de sus ojos, desde su posición podía verlo todo, pero no disfrutarlo...
Hacía un par de meses que estaba en ese estado y además la rabia, la impotencia de no poder hallar nada nuevo cada mañana, le instigaba a pensar y a decir cosas que, por norma general, se diría que sólo la mente de un loco lo haría. Él lo sabía y cuando alguien dejaba entrever ese comentario, disfrutaba replicando que nadie sabe dónde está el límite, la delgada línea que separa lo lógico de la locura.
Las 24 horas del día se juntaban a las siguientes 24 sin que notara ningún cambio en su vida, en su cuerpo en el ambiente...bueno sí, en algún momento llegaba a percibir el instante justo en el que el día se juntaba con la noche, pero nunca llegaba a diferenciar si se trataba del alba o del ocaso.
Siempre, o casi siempre, se encontraba solo, por eso cuando rara vez recibía una visita, o lo más común, el médico para hacerle la revisión, de su garganta no se llegaba a escuchar ningún sonido, o por el contrario, su voz sonaba ronca, tan ronca que parecía de ultratumba.
Pocas veces pensaba en cuánto tiempo le quedaría por estar allí, ya que, en el momento que pisara la calle sabía que tendría que olvidarse de la cama, el baño, la comida caliente, las pocas palabras de amabilidad que de vez en cuando recibía... para volver a la pobreza, una triste realidad en la que sólo se puede soñar, mientras recuestas la cabeza en una fría pared, sobre unas pocas cajas de cartón, con poca comida (o sin ella) y escuchando las risas, los insultos y las miradas de asco y miedo que lanzan algunas personas, cuando no son capaces de imaginarse a ellos mismos en esa situación, puesto que el dinero los resguarda en su riquísima casita de chocolate.
Por eso dedicaba su tiempo, el eterno tiempo libre que no podía aprovechar en otra cosa, en pensar en su hija... Hacía años que no la veía, desde que recién nacida su madre había conseguido la tutela y se la había llevado a algún país exótico, al que él no podía permitirse el lujo de ir.
No sabía como se llamaba, ni siquiera la edad exacta que podría tener, pero de lo que estaba seguro era que no quería morir sin antes verla, regalarle un beso, decirle un hermoso \"te quiero hija\" y descansar en paz. Se imaginaba que sería una niña rubia, con cara de ángel y sonrisa...-¡qué decir de la sonrisa!- seguro que era como la de su madre, deslumbrante y aterradora al mismo tiempo.
Los días pasaban, y la obsesión por conocer a su hija le hacía delirar, incluso por las noches hablaba en sueños, imaginando un entrañable encuentro. Las veces que la llamó, que gritó y dilató sus pupilas en busca de una imagen que no conocía fueron incontables. Llegó a contarle cuentos, a recitarle poemas y a besar la almohada como si la esencia de la muchacha estuviera allí, en el sepulcral silencio que reinaba en la habitación... Recordaba los buenos momentos pasados con su ex-mujer, el día que se conocieron y hasta la noche en que sellaron su amor en forma de bebé. Siempre se acordaba de esto, y lloraba en silencio y gemía en alto, por lo desgraciado que desde ese instante había sido.
Transcurrían los meses, y cada vez eran más frecuentes las visitas de sus médicos, las entradas y salidas de las enfermeras a su habitación, y es que, su cuerpo no aguantaba más, 45 años de continuo sufrimiento estaban pasando la factura, pero su mente y su corazón luchaban por seguir vivos. Era un terrible 2 contra 1.
Poco a poco fue sintiéndose más débil, más y más débil, ya ni el empeño, ni la alegría, ni las esperanzas de ver a su querida niña lo ayudaban a seguir. Todo en él había desaparecido.
Una mañana, después de una intranquila noche, acompañado únicamente por los recuerdos, su cuerpo, su mente y su corazón se unieron para dirigirse a un mismo camino. Esa mañana, murió.
Más tarde, después de que el cura le diera la extremaunción y mientras colocaban el cuerpo dentro de una humilde caja de pino, para dirigirse al cementerio, una hermosa jovencita, con una sonrisa preciosa, asomó la cabeza por la puerta y dijo:
-…¿papá?
-Lo siento linda –contestó uno de los hombres- creo que te has equivocado, éste sólo era un sucio y loco vagabundo que acaba de morir…
 “Quizás sólo seas una persona para el mundo, pero para una persona tú eres el mundo”  |  |
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